Mi llama azul
No eres el Zippo más espectacular ni, mucho menos, el más lujoso del mundo. No tienes esos dibujos psicodélicos de Elvis Presley o el logo de Playboy en colores pastel. Tampoco eres de los más caros. Corrección: eras el más barato en aquel escaparate de Wong, además del más simple y común. Pero aún así para mí eres el más chévere que existe.
Te has ganado un lugar muy especial en mi vida. Tu intenso color azul me cautivó desde ese primer contacto visual. Tu emblema Zippo, vertical a la izquierda, me hizo saber que eras para mí. Es que cuatro años juntos no han pasado en vano. Hemos quemado muchas etapas de mi (nuestra), mal que bien, llameante vida.
Me has ayudado a malograrme un poquito más. Contigo prendí mi primer cacho de marihuana al lado de la ex novia adicta de aquellos días. Gracias a los efectos de la hierba te aluciné pistola y la ibas a matar. También te usé con mis prematuros cigarrillos de adolescente (siempre los más baratos) con los que quería aparentar rebeldía frente a las chicas en las primeras fiestas a las que pude ir.
Fuiste también un gran motivador sexual y cómplice pervertido. Nunca olvidaré aquella verbena del Sophianum en la que aquella súper modelo de Red Bull se acercó a pedirme fuego para su pucho. Fuiste a parar a su mano, ella me dio la espalda. Felizmente no quisiste prender y estuve unos minutos contemplando – muy alegre yo – la maravilla de su cuerpo (visto desde atrás).
Debo confesar, muy avergonzado, que hasta a la prostitución te hice llegar. Cada sábado pasabas por una mano diferente porque, feo o bonito, barato o caro, un Zippo es un Zippo. Y supongo que, como yo en algun momento, mis amigos querían impresionar en las reuniones con un jueguete diferente al de todos. No más cajas de fósforos con el dibujo de la llamita ni propagandas de alcaldías distritales.
Me da pena verte ahora tan viejito. Ya peinas canas: poco a poco has ido perdiendo el color azul y te noto cada día un poco más plateado. Hasta incontinencia: tantas caídas deben haber hecho que algo falle adentro y chorreas bencina sin motivo aparente. Es más, ya tienes artritis: tu bisagra está tan gastada que sufro cada vez que quiero abrirte.
Sé que no he sido el mejor dueño del mundo. Pero, a pesar de todo, sabes bien que siempre te he tenido como mi amigo fiel en el bolsillo. No terminarás en un tacho de basura, lo juro. Estaré contigo hasta tu último respiro candente. Y luego, como todo gran héroe, te guardaré en ese cajón de mi velador donde descansan (no muy en paz) cartas, polaroids y obsequios que forman partes imborrables de mi vida.